No sé si el zapato es grande o es pequeño. Lo que sé es que es incómodo.
No sé si se debe a mi visita de improviso. No me avisé con tiempo, no me preparé.
Lo que sé, es que ya aquí, yo no tengo una casa. En algunas películas gringas, los hijos que ya no viven son sus papás, cuando visitan, regresan a la habitación donde vivieron su adolescencia. Se ríen cuando ven los posters de los New Kids on the Block en las paredes, se acurrucan con los perros de peluche. En mi caso, esa habitación dejó de existir hace mucho tiempo y desde entonces, no ha habido algo como una casa familiar. Llegar ahora a Costa Rica, quedarme donde mi amiga más antigüa (la que se conoce mi historia mejor que yo), estar rodeada de tanta gente que quiere verme (algo que agradezco y celebro) y tener que seguir con mis ocupaciones... ha sido una dura prueba que voy a pasar, dejando los pelos en el alambre.
No entiendo bien qué pasa, pero sé que tiene que ver con la soledad. Me he acostumbrado a la soledad, a tener más espacios conmigo, a escucharme más y con más calma. Me he acostumbrado a escribir y me atraganto con todo si no tengo tiempo para sacar las palabras. Además, el nomadismo nunca me ha gustado. Salir de gira por una semana y que terminen siendo tres o cuatro, llevar la vida en una maleta y tener la ropa apretujada (un poco como imitando al alma) y sentir de pronto que mi tiempo ya dejó de ser mío... con eso se hace el zapato incómodo.
Y sé que en este instante, en México, se viven otras condiciones que son realmente graves (las mías son apenas un pañuelito al aire, tirado con dramatismo). Leo y leo todo lo que aparece, me peleo con la gente que comenta puras teorías de conspiración (como si el hecho de que en efecto, esto favorezca a ciertas empresas, le restara realidad a los muertos y al desastre), paso pensando en cómo estarán, y de verdad, ya no puedo esperar para regresar.
Ya no sé qué pasará con este zapato. No lo sé. Pero ya no me queda, y no puedo definir si es porque ando los pies hinchados, o si crecieron o qué cosa.