Cuando estaba en la U, estudiábamos una etapa llamada "La Crisis de la Mediana Edad". Ya no recuerdo a qué edad pasaba eso según los libros pero sé que tampoco es la crisis de los 50 así que bien podría ser que nos toque ahora.
Digo "nos" como para no sentirme tan solita en este momento subjetivo de mirar hacia atrás y decir: todas las decisiones que he tomado me han traído al lugar en el que estoy. ¿Me arrepiento de algo? ¿Qué hubiera cambiado? ¿Cómo serían las cosas si...?
En general, me arrepiento de muy pocas cosas en la vida:
1. De haber estudiado psicología (las consecuencias de esa equivocada decisión las he logrado sortear bastante bien).
2. De no haberme amarrado a la puerta de la casa de la infancia para que no la vendieran (tal vez no hubiera evitado que la vendieran pero me hubieran llevado a terapia cuando era más joven y no me la pagaba yo).
3. De haber conocido Mérida, Yucatán. Por mucho, es el último lugar al que debí ir en aquel viaje de enamoramiento con México.
De ahí en más, no creo que cambiaría en mucho el rumbo de mi vida. Aunque algunos días (sobre todo ahora, cuando me enfrento una vez más a ese período de angustia que surge del ser "profesional independiente" que mejor haríamos en llamar "El Club de la Zozobra") me dé por desear tener un marido oldfashioned que pague todas mis cuentas y me permita excentricidades como escribir novelas y ser activista de software libre en lugar de gastar en salón de belleza, ropa y gimnasio.
Eso no existe. Entonces, aunque me pese en las espaldas el tener que cargar conmigo y no tener una casa de mamá donde ir a refugiarme del desempleo, soy una feliz mujer independiente, tal vez no autosuficiente pero al menos autogestionaria.
Y aquí es donde la otra voz, nos pregunta qué tiene que ver todo eso con no tener con quien compartir los gastos, el desayuno, los domingos lluviosos y en general, la vida. Esas son cosas que no sabemos respondernos. Esas decisiones que no son de carrera, tal vez habría que evaluarlas para no arrepentirse de lo que se echó a perder, sino de haber siquiera emprendido aquellas aventuras. Cuando se busca en la canasta equivocada no es posible esperar encontrar lo correcto.
Por otro lado, surge entonces una lista de personas a las que he dañado. Hasta hace poco, yo creía que nunca le había hecho daño a nadie, que todos los ingratos me habían tocado a mí y que era una pobre víctima. Y no. Uuuuhhh que no... Buscando en la canasta equivocada, he terminado exigiendo cosas que esas personas jamás podrían dar. Y en esa exigencia, les he dañado. Y lo he hecho en duplicado, porque además de hacer el daño he reclamado que la víctima soy yo. Éramos ambos, pero no tenía forma de saberlo hasta ahora.
Y no voy a editar. No me interesa que los párrafos no estén bien redactados o lleven un hilo conductor sensato. La otra tarde me senté con un amigo que hace tiempo no veía y me descubrí hablando de trabajo, de carrera, de viajes... y parecía tener una vida extremadamente excitante y exitosa. Hasta que llegamos a la pregunta sobre el amor y no me quedó más remedio que decir que no he tenido suerte. Y cuando ya una tiene que citar canciones comerciales de la radio, se ha llegado a un punto de inflexión. No sé si sirve de algo verlo, pero es todo lo que hasta ahora se me ocurre.
Tan tan.