12.11.16

Vine de nuevo. Vine a mirarme en este espejo.

Mi último post es de hace tres años y me sorprende saber que vine a escribir por la misma razón. Pero esta vez no quiero mentirme ni escribir para alguien que no leerá.

Hace unos días estuve en un taller con un mae muy joven. Tenía esa actitud de creer saberse ya todas las claves para abrir todas las puertas de la vida ¿Quién sabe? Tal vez sea cierto. Tal vez por eso lo escribo con esa amargura. Tal vez me estoy poniendo vieja y empiezo a envidiar a "la juventud" que tiene la seguridad que nunca tuve.

El caso es que en uno de los ejercicios, el mae dibujó en la pizarra ese diagrama de la vida normal, esa que se espera que todos cumplamos al pie de la letra:

Nacer, ir a la primaria, ir a la secundaria, ir a la universidad, tener un trabajo estable, casarse, tener hijos...

Y luego preguntó que cuáles de esas decisiones las habíamos tomado porque en realidad queríamos y cuáles eran por obligación. La mayoría respondió que todas eran por obligación. Yo en cambio, quedé un poco asustada porque no había pensado jamás que nunca me he sentido obligada a nada (mucho menos, a los últimos dos pasos que escribí antes).

En mi primer año de colegio sufrí demasiado. Debo haber contado algo de eso aquí hace años. Lo que es relevante decir hoy es que me fui apenas terminé ese tortuoso ciclo, porque le dije a mis papás que me cambiaba de colegio y también les dije a cuál. Después, al salir de secundaria no pude graduarme con todos porque las matemáticas fueron mi obstáculo, pero eso sirvió para que dedicara algunos años a aprender foto, a aprender a cantar, a trabajar, a hacer mi psicoanálisis, hasta que decidí entrar a estudiar una carrera. Nadie me obligó a nada.

Tampoco fui obligada a trabajar. Obviamente, fui educada para no convertirme en un parásito, entonces podríamos decir que fui educada para obligarme a mí misma a hacer las cosas. Eso es clarísimo, pero no quita el sentido de libertad que llevo adentro.

El ¿problema? es que no haber sido obligada a nada también me hace sentir que hay puntos en los que no he decidido nada. Mis últimas decisiones fueron elegir mi primera carrera, el irme a vivir a México hace ya casi ocho años y empezar una empresa (de la cual TUVE que salirme, llevamos una). Todo lo demás, ha ocurrido frente a mí, ha sido un tren que pasó y se detuvo invitándome a subir y yo diciendo: "¿acaso tengo otro lugar a dónde ir en este momento?". Y todo ha salido bien, ha sido un viaje maravilloso en todos y cada uno de los vagones, pero ahora me pregunto si es sostenible, si esa es la forma en la que quiero vivir.

Vivir cambiando de tren es emocionante, pero implica que suban y bajen pasajeros. Nadie se queda, ni yo misma.


Foto: Strangers on a train, por jesuscm


31.8.13

Rojo IV: una vida propia

Foto: Nomad Tales


A veces me da por pensar quién sería yo si la vida no me hubiera colocado todas esas piedritas a lo largo del río. Quien soy hoy, es producto de una larga serie de causalidades más o menos casuales; serie en la que mis ocupaciones por placer (como escribir en un blog o hacer voluntariados de distintos tipos) se han convertido en las ventajas competitivas más importantes de mi currículum. Piedras que han ido desviando mi equivocado camino inicial. Soy prueba indiscutible de que la carrera que se elige, incluso cuando es un error, puede servir de base para llegar al charco propio.

Pero no siempre hubo un panorama claro. Incluso ahora, con nuevas aventuras profesionales, aunque es bien claro el mapa de la ruta ¿qué sabemos de lo que realmente pasará? Lo reconfortante es saber que soy capaz de reinventarme una y otra vez y no como producto del fracaso, sino de un motor vital que me permite explorar las múltiples opciones que existen.

Hubo un tiempo, sin embargo, en el que no existía tal cosa como un proyecto de vida. Mis días transcurrían esperando a que llamaras, a que terminaras tu trabajo y propusieras un plan. Lo escribo y me parece tan ajeno que si no fuera porque una y mil veces he evaluado lo que pasó, tal vez hubiera olvidado ese episodio oscuro de mi vida. ¿Qué puede ser peor que estar con alguien que no tiene una vida propia? ¿Qué puede ser más asfixiante que verse obligado a dedicarle todo el tiempo libre disponible, a una relación amorosa?

Entonces, yo no era ni el 20% de lo que soy ahora y entender eso esta semana, me ha hecho verme al espejo y descubrir que hoy por hoy, soy la mejor versión de mí misma. No es cosa fácil decir eso. Puedo pensar en cientos de casos en los que la gente al verse en el espejo, no es capaz de mirarse a los ojos, porque sabe que se ha perdido en el camino. Y aunque por superstición da un poco de miedo admitirlo, a pesar de lo duro que ha sido llegar aquí, no cambiaría el pasado.No cambiaría nada, incluso, el haberte perdido.

También da miedo admitir eso. Parece masoquismo. Otra cosa que da miedo, es reconocer que la versión que soy, también perdió cosas buenas que estaban aquí en el 2005.


29.8.13

Rojo III: La propiedad

Las relaciones no se cuentan en meses. El espacio-tiempo tiene muy poco que ver con ese fenómeno especial que llamamos enamoramiento, amor, apego.

No sé cuánto tiempo había pasado. Lo que sé es que yo me sentía "la señora de la casa". De haberme visto desde afuera me hubiera dado risa. ¿Qué clase de inseguridad podía cargar, como para querer resolverla poniéndote un letrero de "No pase. Propiedad privada"? Y no tenía que ver con celos, sino con la actitud de quien puede disponer de los lugares, de tu agenda, de tu vida. Legítimo caso de Páguese a Ver.

Y sin embargo, no podía evitarlo. Tal vez porque en mi historia, yo llegué al mundo sin tener un lugar y el que lograba arroparme, fue vendido antes de que cumpliera la mayoría de edad. Desde siempre, busco refugio y salvavidas.

Y no creo que eso sea posible superarlo, solo entenderlo. Cuando no es posible perderlo todo porque no se tiene nada, es bastante fácil confundirse. Cuando se encuentra a la persona con la que se quiere viajar toda la vida, es fácil aferrarse. Del aferrarse se pasa al asfixiarse.

28.8.13

Rojo II: Los videojuegos

Papi llegó a casa con un aparato nuevo: un Coleco. Consistía en un chunchito con perillas y una pequeña pantalla donde rayitas simbolizaban goles. O algo así. Me valió gorro.

Poco tiempo después, llegó la Commodore 64. Meter un disco, dejarlo cargar. Sacarlo para meter otro disco. Esperar. Bruce Lee hecho con groseros pixeles saltando de un lado a otro, pateando, saltando otra vez. LO MÁXIMO. Únicamente superado por el bartender que lanzaba jarras de cerveza para que las atajara. En ese entonces, yo iba por buen camino.

Pero mataron el joystick. 

La gente empezó a jugar con consolas y controles de botones pequeños. También con el teclado. Jamás lo superé. Sigo pensando que el joystick es el mejor instrumento para un videojuego, aunque algún enfermo depravado le haya dado su forma fálica y le llamara precisamente joystick. Todo mal. Un invento condenado al olvido. [Yo no te olvido, joystick].

Y bueno, cuando aparecieron los juegos con perspectiva de primera persona el abismo entre los videojuegos y yo se convirtió en algo insuperable. Dejé de entender y sobre todo, empecé a desarrollar toda una serie de prejuicios sobre las personas que ocupan su tiempo en jugar. ¿Por qué? Ni idea. ¿Qué diferencia hay entre jugar fútbol 5 todas las noches y sentarse con Call of Duty? Que no sea el sedentarismo o la violencia, ninguna. Pero mis prejucios poco tenían que ver con los temas del juego. Yo despreciaba el hecho en sí.

Muchos años después de sentir que los domingos, vos preferías pasar la tarde volando bala que conmigo, aprendí a respetar los videojuegos. La sensación frustrante que me atacaba al verte jugar desapareció con cada hora que pasé mirándolo a él jugar Assassin's Creed o con las demasiado-pocas-horas que intenté (sin éxito) no caerme jugando Lego Lord of The Rings.

Sigo sin entender la perspectiva, cómo saltar en diagonal y cómo la industria sepultó algo como el joystick, pero dejé de mortificarme.



27.8.13

Rojo I: El hechizo

Arjona asegura que no se acaba el amor. Y no que sea el tipo un referente, pero el inconsciente me trajo esa canción a la memoria y ese sí que nunca se equivoca.

El otro día se me ocurrió, que el amor jamás se disipa por completo. Se asienta en el fondo del frasco y cuando nos sacude la vida, lo tiñe todo de nuevo. ¿Será entonces que los distintos amores se mezclan unos con otros hasta ser indistinguibles? Creo que no. Es como si existieran distintos frascos donde quedan eternamente almacenados. Por eso es posible distinguir con exactitud, cuál de todos los frascos se movió.

El de hoy es rojo óxido. Corinto, le llaman en Guatemala. Es éste:



Es el frasco donde se guarda el más fuerte de todos. ¿De qué estará compuesto eso que queda en el fondo? Me parece reconocer que es una mezcla de culpas, arrepentimientos, vergüenzas y aprendizajes. Y sin embargo, le llamo amor. Tal vez porque en esencia, toda esa fórmula lo que reúne es el inacabable deseo por enmendar. Tal vez ese amor, el más fuerte de todos, es el perfume de una enorme esperanza que solo morirá con mi último suspiro, o con el suyo.

De culpas, arrepentimientos, vergüenzas y aprendizajes está compuesto el hechizo. Y solo él , al perdonar y comprender, podría reconvertirlo en amor, como un alquimista.