11.8.17

And all that's to come

Hace unos días salí con mi amigo más cercano a cenar y a hablar de la vida. Me preguntó qué ondas con el personaje a quien llamaremos el-geek y yo mentí, aunque no lo sabía. "No está pasando nada", le dije. "Y si pasa ahí veremos, que no hay prisa", agregué.

Al día siguiente salí con mi amiga más cercana, quien mejor me conoce en todo el universo. Me preguntó por el-geek. Ya eso debería haberme hecho sospechar. A veces las amigas nos conocen mejor que nosotras mismas. Yo solo dije que sí, que es un bonito muchacho, que es dulce, que es inteligente y sensible. En fin, todas esas mamadas.

Hoy leí algo que se sintió en la tripa, ahí donde está el verdadero corazón. Y entonces supe que había mentido. Está pasando todo, pero solo en este lado oscuro de la luna. Allá en su pedacito de mundo a chorrocientos kilómetros de mi, está pasando algo que nada tiene que ver conmigo.

Nada nuevo, pues.

Así se ve el lado oscuro de la luna. La foto es de la NASA.

3.8.17

Como una bailarina de cajita de música

Hace una semana le trajimos flores tropicales. Ya algunas están marchitas, podridas, manchadas. Ella insiste en dejarlas así, languideciendo en el florero.

Mientras hablamos del suicidio de un familiar, mientras ella dice que eso es egoísmo, que por qué no pensó en su pobre esposa, en el pobre jardinero que tuvo que encontrarlo así, muerto en la cama... yo saco las flores que ya no sirven, las corto en dos pedazos y las boto al basurero. "Aceptación, mami, aceptación" le digo, hablando de las flores y al mismo tiempo, de todo.

La idea me da vueltas en la cabeza. Desapego. Dejar ir. Soltar. No aferrarse. "Para que nada nos amarre, que no nos una nada" (Neruda).

"Si de algo debo sentirme orgullosa es de saber perdonar, dejar ir, no arrepentirme".

La ilusión me dura poco. Luego recuerdo el vacío en el estómago que ando desde que decidí renunciar a mi trabajo estable. Un vacío que solo desapareció en la última semana en la que me instalé en la negación absoluta de los hechos. Semana en la que también volví a subirme en el algodón de azúcar que me genera la mirada del otro. ¿Soy el azúcar? ¿Soy el palito de madera que gira y gira? ¿sos el que mueve el palito? ¿o sos vos el azúcar?

El problema del algodón de azúcar es que en Costa Rica SIEMPRE llueve.


La ilusiones duran poco. La sensación de que me tienen tomada de las manos dando vueltas sobre un zacate verde con sol radiante, árboles verdes en el fondo y de que TODO VA A ESTAR BIEN se disipa pronto. Por desgracia.

Por dicha. Porque solo así logro darme cuenta de que por alguna maldita razón, sigo necesitando una muleta para tirarme a pista, para sentirme plena, para sentirme poderosa y capaz de todo. Y tal vez tenga que ver con el deseo, con el deseo que no llegó a cubrirme en aquel inicio abrupto en el que los pañales los compraron de camino al hospital, después de rogar en el supermercado que les abrieran la puerta. Tal vez tenga que ver con que faltó esa última mano de barniz. Me descascaro. Por desgracia.

https://flic.kr/p/7uaUPX


30.7.17

Immigrant song

Acabo de releer mi último post. Sigue siendo maravilloso el efecto de tener un registro aquí de los momentos de confusión y supuesta lucidez.

Todo falso. Habiendo pasado el tiempo, no existe arrepentimiento alguno. Habiendo entendido mejor ese desencuentro, lo que me queda claro es que sencillamente hay personas con las cuales congeniamos y otras con las que no. Por alguna razón aún no muy clara, necesitaba ser aceptada por alguien con quien no tengo nada en común que no sea el software que usamos. Lo que queda ahora es un extraño vacío en el estómago cuando recuerdo a ese amigo que en el fondo, no era amigo ni era nada más que un desconocido al que había sumergido en una cobertura amorosa que con cuatro gotas de lluvia se deshizo tan fácil como vino. El vacío tal vez no es otra cosa que mi propio sentimiento de culpa por permitirme, una vez más, entrar en ese modo de adaptarme a ser alguien que no soy, a cuestionarme cómo hago las cosas, por dejar que alguien me juzgue desde su mirada de incomprensión.

Ha cambiado todo. Al regresar, no solo no tenía la casa por comprar (el trato terminó siendo un espejismo), sino que decidí soltar la rama de seguridad que da estar en planilla. Por motivos que no estaban claros, me pareció que era momento de abandonar la falsa seguridad de un trabajo fijo para lanzarme nuevamente a la inestabilidad de ser consultora.

También cambié de casa. Cambié de rumbo sin saber muy bien hacia dónde. Solo empecé a caminar hacia una intersección y sé, siento en todo mi ser, que llegó el momento de decidir cuál camino tomar. Es la misma intersección de finales del año pasado, cuando decidí comprar la casa. Decidí, no salió y entonces como si fuera el juego de la oca, regresé exactamente al mismo punto (aunque nunca es el mismo).

"¿Venir dentro de un año a quedarme? No. No pienso continuar malgastando mis pasos en planes más o menos quijotescos que terminan por drenar mi esperanza y golpeándome en los moretones pasados. Al menos hoy, a esta hora y en esta tierra, mi decisión está tomada".
 BLAH. Todo está en borrador.

No es este un post muy coherente pero el punto es que me siento asfixiada. Diez años después me siento en el mismo lugar y sin embargo, soy casi por completo otra persona. A diferencia de hace diez años, no necesito que empujen un carrito repleto de ilusiones. Solo empiezo a convencerme de que los recursos aquí están agotados para mi y que no puedo crecer en esta jaula tan pequeña.








23.1.17

Basta

Sabía que encontraría respuestas. Lo que no sabía era cuáles serían las preguntas.

Al principio todo era un caos. Contando mis planes a los amigos me descubría diciendo cosas contradictorias como: "quiero venir a vivir aquí otra vez, porque siento que alguna raíz se quedó por aquí enterrada" (cosa muy cierta) y poco después: "y estoy por firmar un crédito para una casa, porque me cansé de pagar alquiler y quiero que mi sobrino cuente con un lugar seguro para crecer".  Varios dijeron que una cosa no invalidaba la otra, después de todo, podría trabajar aquí y seguir pagando la cuota, alquilar el apartamento. Así pasaban mil ideas más o menos estratégicas por mi cabeza.

Después vino una nueva historia de esas que solo me pasan a mí porque solo mi propia locura es capaz de repetir una y otra y otra vez los mismos errores. Estoy bastante harta, la verdad. No es posible que siga echando a perder oportunidades por culpa de los mismos fantasmas (sí, los mismos que aparecen en este blog por todas partes). YA BASTA.

En medio de todo me ofrecieron un trabajo ahora mismo y dije no. También encontré que podía aplicar a un puesto que parecía diseñado para mi y dije no. Y entonces, iba yo más o menos decidida por el camino de "si queda algo de este país dentro de un año, vengo", cuando ocurrió una revelación, en un autobús, domingo en la noche: lo que me atrae EN TODO, es el drama; no sé cómo vivir sin mi dosis de drama (esa ya la sabemos, no es la revelación). La revelación es la siguiente: me tocó nacer en un país sin dramas, sin historia, sin la posibilidad de que una noche de domingo, en el autobús, te pongan una película en la que descubrís que uno de tantos nombres de calles o avenidas es otro de tantos héroes que han luchado con su vida por lo que consideraron justo. Y entonces, trato de sustituir esa falta de drama (falta como en LA falta) con mi propia vida pero también con el contexto en el que deseo vivir. Antes fue El Salvador ¿recuerdan? Y el mayor problema de eso es que entonces de fondo, siempre siento un desarraigo difícil de manejar y tal vez por eso, la posibilidad de una historia de amor que me haga transplantarme a un contexto de drama cotidiano se me haga tan atractiva. Y es ese mismo deseo de drama el que me hace destruir una por una las historias de amor posibles y convertirlas en historias de desamor, de tierra devastada, de presionar tanto el botón de lo posible hasta terminar por reventarlo, por abrir las compuertas de una represa que a veces se lleva amor, amistad y todo -como ahora- y me deja un arrepentimiento profundo, como pocas veces he sentido.

Pero entonces, la pregunta es ¿qué se hace ahora? Una posible respuesta es seguir tratando de sanar, a partir de esta nueva hipótesis sobre el drama. La otra, complementaria, será sublimar todo este rollo en novelas, más novelas. Terminar la que ya casi está lista para enviar a lectura y ¿quién sabe? destrucción o publicación y empezar otra que ya tengo un poco esbozada en mi cabeza. Creo que la tía Virginia avalaría este plan (sobre todo el segundo) y podría funcionar.

¿Venir dentro de un año a quedarme? No. No pienso continuar malgastando mis pasos en planes más o menos quijotescos que terminan por drenar mi esperanza y golpeándome en los moretones pasados. Al menos hoy, a esta hora y en esta tierra, mi decisión está tomada.







2.1.17

Tratamiento de nervio

La casa de mi imaginación es mediana. Tiene una biblioteca que se extiende por todas las paredes de una amplia sala con ventanales hasta el piso y muebles de madera repletos de almohadones. Los libros electrónicos no existían cuando la imaginé, igual que ahora aún no he leído ninguno.

Todo está en un solo salón: la cocina al fondo, la sala al lado izquierdo (en un desnivel), el comedor hacia la derecha. Más allá de los ventanales, hay una terraza/balcón que da hacia el fondo del terreno, donde hay un río que no se ve pero se intuye porque los árboles son tupidos y siempre verdes en su orilla. Arriba son las habitaciones, pero no las he imaginado nunca. La vida en esta casa ocurre en la sala, la cocina o en la terraza.

Está construida como la casa de mi infancia, en dos terrazas. El nivel de la calle es el que corresponde al segundo piso y a la cochera. El resto de la casa está en la parte de abajo.

Por supuesto hay un gato. No hay nada más. Supongo que somos el gato y yo, porque tampoco puedo verme pero asumo que soy la mirada.

No está la vaca lechera que alguna vez soñé tener, pero como la casa es en una zona similar a Coronado, seguro que la vaca está por alguna parte. La leche que ordeño todas las mañanas la dejo en un recipiente grande en el portón de afuera, para que los vecinos se lleven cuanta quieran.


Diseño: Atria


La casa del crédito bancario es bastante distinta -porque sí, otro banco dijo que no necesito un codeudor- pero es la que es real, posible a estas alturas de la montaña. Es un apartamento amplio si se le compara con las cajas de fósforos que venden ahora y tiene un pequeño patio donde cabrá un rosal, una hiedra en el muro y un ranchito pequeño con una mesa para que dos tomemos el café.

Está dentro de un condominio que tiene al fondo áreas verdes lo suficientemente amplias como para emocionarme la idea de sentarme ahí a leer, a trabajar o a ver a mi sobrino jugar sin temor a que algo malo le suceda. Esa es una de las razones más importantes para comprar en este lugar: que él se sienta seguro, que pueda hacer amigos en un barrio. También por eso valoré que la zona, aunque no sea la más agradable, es la mejor, porque se ubica cerca de su escuela y el que será su colegio.

Así son las cosas. Me fui de México porque mi sobrino iba a nacer y ahora mismo, en esta ciudad que me seduce y me pregunta en cada esquina por qué no vivo en ella, nuevamente mi sobrino aparece cada vez que trato de dimensionar lo que significa comprar una casa allá, en la pequeña aldea. Y no sé si eso está bien. Después de todo, no es mi hijo.

Vine a este viaje a despedirme de la idea de que esta ciudad sea la mía y sinceramente, no logro hacerlo.

Por cierto, en la casa que imagino mi sobrino no está.