17.7.06

"a los ojos de los adultos, las manchas negras alineadas en los libros se convertían en palabras"

Decía Hache hace algún tiempo, que: Es curioso pensar que la existencia se convierte poco a poco en listas... listas de chunches, listas de gente, listas de compras, de cosas que hacer, de lugares, de momentos... no les parece?” (por cierto, más de un chunche sin razón se fue con el estallido de la compu... la compu los trajo y la compu se los llevó).

Creo que tiene razón. Lista de amantes, lista del súper, lista de cosas por hacer... lista de libros. En esa última pensé hoy cuando leí aquí y recordé la conversa de anoche con N. que estaba “entre copas y boteias”... Escuchábamos los dos un capítulo de Cortázar aquí y leímos juntos de lejos, la carta de la Maga a Rocamadour y casi lloramos...

Lista de libros y de resentimientos –decía yo- cuando Livi describe esa maravillosa sensación de descubrir que una letra tras otra letra forma palabra y que esa palabra tras otra palabra forma una frase y que así todo va adquiriendo sentido. Esa sensación de ser niña y leer como si los libros fueran golosinas. Resentimiento porque, por alguna extraña razón, a mis papás no se les ocurría comprarme libros. Los libros eran para mi hermano y eran de ciencia ficción que a mí no me gustaban. Me dieron Mujercitas y tampoco me gustaba. Yo leía y leía mil veces las poesías de “Barquitos de Papel” que no eran exactamente joyas, aunque eran bonitas (las treinta primeras veces) y a nadie se le ocurría comprarme libros y a mí no se me ocurría pedirlos.

Así que un día de tantos, yo tomé un libro de los de mami: “Los Mandarines” de Simone de Beauvoir... y yo preguntaba así: “mami... ¿qué es ser chauvinista?... mami ¿Qué son bolcheviques?” y ella no sabía cómo explicarme complicaciones como esas y tampoco quería decir “estos son los malos y estos son los buenos”. Pero tampoco me compraron libros, así que yo esperé y un día de no sé cuándo, tomé Los Mandarines y ya entendía... y entonces pude leerme el libro que al final me hizo llorar por abandono... yo no quería dejar de saber cómo era Ana, qué le pasaba, cómo pensaba. Yo no quería dejar de ir a esas fiestas parisinas, de cortinas rojas, de grandes señoras tontas adineradas a quienes los intelectuales visitaban de vez en cuando para comer y tomar vino de a gratis. Yo no quería que terminara y entonces seguí leyendo a Simone... y a Sartre y a Camus y a Kafka... “¿Por qué usted sólo lee a los locos?” decía el vendedor de los libros usados... quizás el mismo que me vendió El Gran Meaulnes que ahora busqué y no encontré entre mis estantes...

El Gran Meaulnes lo leí porque Simone “me había contado” en sus Memorias de una Joven Formal, que ese libro le había cambiado la vida, que fue el libro que marcó a toda una generación de niños franceses que terminaron siendo hermosos soñadores-pesimistas-irreverentes-inconformes como ella y ellos. Y aquí entre nos, yo sospeché que -como a mí- le había gustado más ese personaje misterioso que aparece en medio del libro y no regresa jamás... ese comemierda terriblemente interesante que simplemente un día se escapa y desaparece (y yo me pregunto de dónde salen los modelitos de los hombres que me trastornan).

Y así yo me enfrasqué en un círculo de amigos que leían más de lo que comían... hablaban más enredado que Lacan (bueno... no exageremos) y me inventaban mis propias noches rayuelescas... Éramos todos como Magas y Horacios y Gregorovious trasnochando... burlándonos de los burócratas cuando nos tomaba la mañana por sorpresa en la calle y ellos ya iban al trabajo y nosotros a comprar el pan para seguir soñando. Los libros eran el alma. Los libros eran. Los libros. Y anoche yo buscaba el capítulo en mi libro de papel y N. me dijo: “jojo, si tienes internet”. Y yo creo que no es lo mismo. Nunca lo será.

Después descubrí a Sábato, ese caballero oscuro bautizado con el nombre de un muerto... y fui a buscarlo entre las calles de París para sentir que iba yo sobre sus pasos que lo llevaban cada día al Instituto Pasteur donde un día se decidió por la penumbra y abandonó para siempre la ciencia. Y yo caminé por esas calles y de pronto escuché los niños jugando en una escuela muy vieja... e imaginé que cada día, antes de ir al trabajo, eso escuchaba Sábato... y que esas mismas voces habían estado ahí por muchos años, reproduciéndose y multiplicando el tiempo en repeticiones únicas cada vez. Repitiendo como yo (creo que ya había contado esa historia).

Y de pronto hubo un bache. De pronto, mi biblioteca se volvió anoréxica. Se volvió como una anciana cuando ve hacia su pasado y se dice a sí misma: “qué tiempos aquellos más hermosos”... Hace mucho que no se despierta la pasión. Hace mucho que no me enamoro de un libro. Tal vez sólo pasó cuando choqué con Bukowski por azar y sí, es cierto... ese amor no fue hace tanto tiempo... Lo que pasa es que tengo la maldita estructura de sentir que llego tarde siempre a todo... Como esto de hacer lista resentida de los libros que nunca me compraron, o cuando comencé a pensar que la vida no me alcanza para leer todo lo que quisiera...

El suyo


Y después dicen que el blog no es terapéutico. Pasé de echar las culpas hacia otro lado a asumir mi cuota. El problema es que la culpas ahora van a la tesis. De hecho, para ir a hacer eso terminamos aquí.
La nostalgia infantil ataca:




10 comentarios:

Humo en tus ojos dijo...

Ultimamente las listas me parecen feas... por eso evito hacerlas (y se me desordenan los planes y no me alcanan los días... pero es que me parece feo y enfermizo seguir con la dinámica de llenarse de chunches y chunches y chunches y encima enlistados.
¿Que tal si vendés las culpas de la tesis para comprar otros libros?
;) Y mientras está en venta la culpa te presto mi libro de cuentos bolcheviques!

Ana dijo...

Claro, el libro de cuentos comunistas, tengo que leer el que mandaste!
Pues yo creo que he leído demasiada basura en mi vida y es hora de empezar a leer cosas buenas, ya vamos por ahí.
Noches rayuelescas... interesante!

medea dijo...

Mi último enamoramiento literario fue con Anaïs Nin, antes de eso con Beauvoir. Que te diré, a mí si me regalaron libros de pequeña, pero hasta ahora encuentro los míos de verdad.

djtopo dijo...

1. hablaba con unos amigos y uno de ellos dijo algo cierto, no es lo mismo oler un libro y leerlo que buscarlo en la compu y leer unas hojas fotocopiadas...
2. noches rayuelescas, cuentos y poesia cortaziana...un poco de poe, e inclusive saramago, debravo...
cualquier noche es genial para la lectura...
3. en mi casa le debo mi amor a la lectura a mis papas y su mega-coleccion de literatura sin marginacion...ahi descubrí por mis propios medios identificar la buena de la mala...
4. pero si tienes razón, bueno en mi caso pasa igual, me enracho en la lectura, y otras veces no me enamoro de ningun libro...

Solentiname dijo...

esa canción me sacó recuerdos en forma de lagrimitas nostálgicas

Solentiname dijo...

esa canción me sacó recuerdos en forma de lagrimitas nostálgicas

Gran Fornicador dijo...

Que bellísima autobi(bli)ografía. La historia es similar (con sus diferencias mínimas que le dan sentido de realidad), hasta los autores son similares. Ya decía yo que la gente así nos reconocemos, sin importar fronteras; nos olemos con ésta intuicion de la importancia del texto. Usted me asusta, Sirena, y no tiene ningún sentido ni propósito que yo lo diga, pero lo confieso, y prometo confesarlo a mayor detalle. Lo cierto es que luego uno se da cuenta de que la vida, más que de listas, está hecha de palabras, de un texto, de una narración, en donde la única libertad posible (ya no la soñada por los filósofos o artistas de Cortazar en Rayuela) está en dos dimensiones de ese texto: la semántica y el(los) discurso(s). Las listas son parte, claro, pero no se puede dejar de ver, con el tiempo, que son eso: parte de un texto mayor en donde están incluidas según la lógica del texto. El caso es que, si pudieramos comparar textos, con lo ya leido yo apostaría por más, muchas más y asustadoras similitudes, doña Sirena. Sorprendentes, las cosas que uno encuentra estos días. Por cierto, ¿de que es la tesis?

Trompetista de Falopio dijo...

Más mérito tiene el lector adulto que cuando niño no recibió muchos libros coloridos ¿no cree? No me parece extraño que haya formado parte de grupos de magas y horacios y gregorovius, es un mal generacional que muchos vivimos años atrás. Lo que sí me extraña es que le haya dado por Kafka y Sartre y por Camus ¿entristeció? Fíjese que a mí me gusta mucho la literatura "humorística" como la doyleana, chestertoniana y la de Italo Calvino y Hugo Hiriart. En estos días le haré llegar el cuento de Dailan Kifki.

Sirena dijo...

No está siendo de mucha ayuda HUMO con eso de "vender las culpas de la tesis"... mucho del conocimiento del mundo está hecho con el motor de la culpa ¡estoy segura! Así que si ese es un motor yo lo aprovecho... mientras me quito las culpas tendría que esperar muchos años para hacerla.

Fue HUMO la que envió los cuentos ANA de la editorial Progreso... Y sí es hora... aprovechá tus vacaciones.

Medea: ¿Han pasado muchos años del enamoramiento?

DJ: 1. No es lo mismo jamás... Uno de mis aromas preferidos es el de un libro viejo, comprado usado, que tenga historia entre sus páginas y en sus lomos.

2. Las noches rayuelescas no eran leyendo, eran viviendo como si fuéramos...

Sole: lagrimitas... Es que ¿quién no aprendió la historia distorsionada en Odisea Burbujas?

Gran Fornicador: No te asustes y sí tiene sentido. Lo demás, ya está en el buzón de Tirso ¡Avísale!

Livi: No entristecí... fue que encontré otros tristes como yo... ¿Qué te diré? Soy feliz pero la tristeza es parte de mí... sobre todo en esos años, fue como sentirme comprendida. Ahora, pues he cambiado. Dale, enviame de esos libros humorísticos, que también me gustan.

hLopez dijo...

Qué honor ser citado !!!

No sé ni qué decir...

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No sé ni qué decir...