8.3.07

Desarrollo y conclusión

Aunque me caigan las maldiciones de todas las brujas del mundo, quiero decir lo que resume de algún modo toda la discusión que ha sucedido en mi cabeza en estos días y que empieza aquí y aquí


Antes, las mujeres eran muñecas que adornaban las casas, adornaban al marido y permanecían (per-maaaaa-neee-cííííían *bostezo aquí*) mientras él les hacía el amor (bueno, eso). Tiempo después las mujeres descubrieron su derecho a sentir placer, a tener un lugar de protagonistas y a decidir qué hacer con sus vidas. En los hombres cayó la responsabilidad de “cumplir” con las demandas femeninas. Se les vio comprando mapas para encontrar el punto “g” y se les vio preguntando dónde queda esto y aquello.

No muchos años después ya todo está patas arriba y las mujeres están comprando libros de cómo convertirse en amazonas del sexo para quedarse con él... De pronto entonces, ser liberada se convierte en ser estudiante de maestría en Kamasutra para mostrarle al hombre de qué se es capaz... o sea... volvemos a lo mismo. Por alguna razón, nos sentimos culpables por recibir y seguimos con el complejo de enfermera. Con minifalda sexy pero enfermera al fin.

Algunas creen que ser mujer liberada es tener sexo con todos, juntos o separados, en parejas, tríos, cuartetos, orquestas sinfónicas, con mujeres, con hombres, con tutifrutti, etcétera. Otras creen (¿creemos?) que liberarnos es intentar a todo costo ser autosuficientes en una absurda lucha perdida de por sí (necesitamos de un otro siempre, ¡dejémonos de mentiras!). Otras creen en liberarse de los kilos de más, de las nalgas de menos, de la frustración de no estar “bien dotadas” según dicen las revistas. Otras creen que liberarse es pelear contra los hombres y ponerles el pie encima. Otras creen que ser madre es ser mujer subyugada y comprometerse con alguien es perder la libertad.

Y mientras tanto, en nuestro contexto, mucho hablamos de liberarnos y cuando somos “liberadas” vivimos (bueno, viven) esclavas del peso, de las cremas, de las depilaciones, de las pastillas, de los diplomas, de las modas, del bronceador...

Es una pena que liberarnos haya terminado en esto. Sobre todo, porque hay muchos millones de mujeres que aún sueñan con estudiar, con decidir si son madres, con tener tiempo para ellas, con elegir por cuál camino avanzar.

Y no es que me amargue el día, pero tampoco soy ilusa. Si para algo puede servir este día que sea para reflexionar qué hemos hecho con nuestras conquistas y en qué lugar de la historia nos hemos colocado.

Por mi parte, este el primer año que pienso celebrar el día internacional de las mujeres, dedicando una gran parte enteramente a mí. El tour comienza oyendo a Guillermo Anderson, sigue en la Muestra de Cine y terminará en la Peña Cultural del Teatro de la Calle 15. Si no me da la gana me quedaré en casa... para eso soy libre ¿no es así?

Nota:

¡No tiren piedras... pongan argumentos!


3 comentarios:

Sergio dijo...

Feliz día amiga. Vos creo poder afirmar estás montada en el tren correcto.

Abrazo;

Solentiname dijo...

Yo comparto tu criterio de liberación. Y veo con tristeza esas que creen que en la promiscuidad y en los vínculos vacíos está la liberación. Lo veo como una revolución interna.

Y sigo pensando que El varón domado es una obra maestra.

Humo en tus ojos dijo...

Salú por el día y las reflexiones que sabés que comparto... sabés también que muero x ir al concierto (dice el inge que él también) pero vamos a ver como sale... si no pues aparecemos en escena x la noche...

pd: juro que en esta cajita desapareció algo y ahora solo quedan rayos y centellas de fuego!!!