7.4.07

CUATRO b

Uno

Dos

Tres


Anne fue capaz de mirarla a los ojos, encontrarse en su angustia y preguntarle qué pasaba. Ella, inmediatamente había empezado a llorar mientras salían de su boca mil palabras mezcladas. Ahora, se le había ocurrido hablar en francés y ni ella misma comprendía lo que decía. El policía la miraba extrañado.

No tuvo que explicarle, ya Anne sabía que no había vuelos para salir de ahí, que esperaría hasta el día siguiente. Lo que no imaginaba era por qué había venido aquella mujer, sola, a este mercado de desgracias. Le preguntó pero ella no quería explicar. Entonces Anne le ofreció ayuda, le dijo que trabaja en una agencia de noticias y que con ella al menos estaría segura, más segura que en un aeropuerto que iba a cerrar en una hora exactamente. Era un milagro.

A Anne la esperaba un taxi afuera. Un hombre alto, corpulento y de piel más oscura que una noche sin luna le ayudó a cargar sus maletas y la guió en medio de filas y filas desordenadas de gente; en medio del calor, de las moscas siguiendo la comida. Subieron al taxi y avanzaron pitando para espantar a las personas, que como avispas, andaban sin rumbo claro y estaban por todas partes.

Lo primero que notó fue el olor. Era una mezcla de frutas podridas con un millón de cloacas navegando en las calles. Se preguntó dónde estarían las ratas, los zopilotes, las cucarachas. Por más que quiso no pudo ver ninguna criatura que complementara lo que veían sus ojos. “Vamos por la quinta avenida” dijo Anne.

Ella pensaba cómo puede haber quintas, cuartas, vigésimas avenidas en este caos donde sólo hay callejones y gradas, donde las casas se apilan unas sobre otras como queriendo formar pirámides que las lleven al cielo. El taxi avanzaba por un riachuelo: era la quinta avenida.

Adelante, un carretón jalado por un hombre viejo les cortó el paso. Se detuvo porque la fuerza no alcanzaba para sacar la vieja rueda de madera del gran hoyo, que había debajo de tanta agua sucia y maloliente. El taxista cooperó, empujándolo suavemente con el auto hasta sacarlo. No hubo ademanes, no hubo gracias, no hubo saludos; todo siguió su curso con la misma naturalidad con que la vendedora de naranjas pela las frutas y tira cáscaras al suelo. Lo ha hecho todo el día, todos los días, todas las semanas, todos los meses por casi cinco años. Pueden ser diez ¿cómo va ella a saber la diferencia? Es de las de antes, de las que no necesitaban saber firmar, ni ir a la escuela. Ahora, todos los niños deben ir a aprender a leer, a escribir, a cantar canciones de herencia francesa ante el maestro, quien sale cada día de su casa con la corbata puesta a caminar muchos riachuelos cuesta abajo. Lo esperan niños y niñas con uniformes impecables y sus sonrisas optimistas porque les dicen que son el futuro del país, los que van a cambiar las cosas y las calles; los puertos y los muertos; los puentes y los parques; la vida y la miseria de esta mitad de isla donde les tocó nacer.

Llegamos por fin a la oficina de la agencia de noticias. Era una casa pequeñita, de techos bajos y paredes azules. Dentro de ella, apenas había mesas pero unas tres computadoras hacían contraste y explicaban la gran antena parabólica. Estaba Lucien sentado muy concentrado. Sólo volvió a ver cuando las recién llegadas, cortaron el flujo de la luz que entraba por la puerta. Entonces él miró curioso a esta extranjera más extranjera que Anne, que todas. Lo pudo ver en su mirada, en esa incómoda extrañeza de quien acaba de llegar a un lugar que se parece al mismo infierno. “¿Cuánto te vas a quedar?” le dijo Lucien en un inglés mejor que el suyo. “Me voy mañana en el vuelo de las tres” le dijo ella, agregando un por qué. “Porque si no te vas mañana, nos vas a dar el tiempo de convencerte que esto no es el infierno, que aquí se puede vivir y que no todo está perdido”. Ella creyó que él era brujo y que podía leer lo que pensaba. Se asustó de pensar eso porque creía que él lo sabría. “Ya no molestes Lucien” le dijo Anne “ella está aquí por error, se va mañana al otro lado”.

“Ella está aquí por error” ¿realmente estaba convencida? Estaba ahí por tonta quizás pero no podía creerse eso de haber llegado ahí equivocación. Tal vez todo tenía un sentido. Tal vez era la prueba que debía enfrentar. No podía imaginarse otro lugar más doloroso, más miserable, más absurdo que este y si podía encontrar esa esperanza aquí, podría encontrarla en cualquier parte, en ella misma, en el pequeño país donde decidió vivir.

Lucien miró a Anne con sorpresa y con algo parecido a una sonrisa. Tomó las llaves del auto, acomodó las maletas en el asiento trasero y le dijo “touriste, vamos a buscarte dónde dormir y de paso, a mostrarte nuestra hermosa ciudad”. Tanto sarcasmo era cruel y ella estaba apunto de llorar. ¿Cómo es posible un mundo así? ¿Cómo un país de los nuestros puede vivir en estas condiciones? ¿De quién es la culpa? ¿de Duvalier como dice Lucien? ¿de la intervención gringa como dice Anne? ¿de la propia gente? ¿del vudú? ¿Del gobierno de turno? ¿mía? ¿es mía la culpa? Todos esos pensamientos pasaban por su mente y todos esos enredos los leía Lucien sin decir palabra. Solamente dijo “no es tuya la culpa, no te pongas así... es culpa de todos y de nadie... del agua y del mar, de los piratas y de los perfumados que vinieron del otro lado del océano... es culpa de los Loa y de tu dios... No vayas a llorar touriste, que ya muchas lágrimas han corrido en esta tierra... lo que nos falta son sonrisas, eso es lo que nos falta”. Ella sonrió y miró las calles cambiando de preguntas. ¿De dónde saca la gente las ganas de vivir? ¿De dónde obtiene esta mujer su dignidad al caminar? ¿Cómo entre tanta podredumbre puede haber camisas impecables, casas tan limpias, peinados tan hermosos y coloridos?

“Detente, detente” dijo Anne - “deja pasar a las muchachas”. Dos jóvenes, de unos catorce años cargaban en su cabeza un balde con agua. “Esa la venden... bastante cara por cierto, pero no hay acueducto y a la gente no le queda más que comprar el agua así y cargarla” dijo Anne. “¿Es potable?” preguntó ella. Lucien sólo le dijo “tómate un vaso y tendrás que quedarte quince días en un hospital de Haití”.

Los tres seguían avanzando por los ríos de basura y agua sucia. Los olores se iban haciendo cada vez menos fuertes, ella se iba acostumbrando. Después de todo, tal vez Lucien tenía razón y era posible vivir aquí. Después de todo, podía elegir otro destino cuando quisiera y dejar en esta isla su canasta de agua salada, cambiarla, hacerla miel.



La Videoteca del Sur presentó este miércoles el documental “Puerto Príncipe Mío” del director cubano Rigoberto López. Aunque el propio director dice: “¿cómo podría describirse ,en términos literarios, un drama con el que este documental te permite ver? Creo que sólo viéndolo es creíble, es plausible” yo quise seguir con esa historia que había cerrado con el cuatro.


La Videoteca del Sur se presentará ahora todos los miércoles en el Café de la Calle 15, costado sur de la Plaza de la Democracia. Las funciones son gratuitas e inician a las 7 p.m. (el miércoles 11 no habrá función, pero el 18 presentarán dos documentales sobre juventud, democracia y sistema judicial.



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