19.9.07

Parada en el medio de la sala

Yo la conozco bien, demasiado bien. Después de todo, ha caminado conmigo desde sus 17 años, cuando decidimos decretar el año nuevo un 7 de septiembre y declaró que ahí iniciaba su verdadera vida. Había conquistado sus propios territorios, iniciaría un viaje por su propio cuerpo, decidiría ella misma a dónde ir, dónde ceder, dónde quedarse. La conozco muy bien y sé que en estos días, aunque sonríe, el miedo le carcome los huesos. Está aterrada, emocionada, apasionada y triste a la vez.

“Podés andar por todas partes, mover las cosas, revolcar las gavetas, pero está prohibido entrar a la cocina”, fue lo que dijo él a modo de presentación. Ella, ha obedecido y respetado cada cláusula. “Los caprichos son sagrados” le dijo ella, sabiendo que con eso abría ese temible espacio donde caben los berrinches, las irracionalidades y a la vez, esos irrepetibles detalles que la hacen ser quien es y lo hacen a él, lo conforman, lo nutren.

Desde entonces, han disfrutado del jardín de la casa, han saboreado las frutas, se han acostado sin luna y con luz azul a mirar las estrellas, a dejarse penetrar por el aroma de las reinas de la noche, a divertirse con la humedad del pasto, de las flores y con el canto de los pájaros.

Y cuando les dio frío, entraron a la sala y encendieron el fuego. Durmieron enredados en sus brazos sedientos, soñaron y crearon figuras literarias. Cuando sintieron hambre, él preparó comida. La trajo para ella encerrada en canastas mágicas y saborearon juntos la extraña y deliciosa combinación. Todo estaba bien, todo estaba en calma.

Sin embargo, yo la conozco bien y sé que algo se movió en ese tablero. Está petrificada por el miedo. Da pequeños pasitos frente a la puerta de la cocina imaginando cuáles demonios y cuáles fantasmas le esperan si traspasa ese umbral, sabiendo que ha llegado el momento de quebrar las prohibiciones, robar las llaves, abrir candados y conocer si en esa alacena que no ha sido abierta en mucho tiempo, hay algo destinado para ella.

La sala ya no alcanza, el jardín se hace estrecho, la cama se ha ensanchado hasta la puerta que dice “no pasar” y tiene miedo: si cruza la puerta abre una caja de pandora... si no la cruza tendrá que salir hacia el jardín, traspasar las murallas y abandonar esa casa sin dejar notas, perfumes ni explicaciones.

“Ya sé que estás esperando” - le dije sin reservas – “pero no creo que él te tienda su mano y te invite a pasar... Lo que me extraña es que a vos, a estas alturas, te dé por respetar las prohibiciones”. Como respuesta, recibí sólo una sonrisa triste y terriblemente asustada.

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4 comentarios:

Iconoclasta dijo...

Por cierto, en la mitología las sirenas eran mas bien malévolas, las buenas eran las nereidas que ayudaban a los marineros en desgracia.

Por cierto, me gusta tu blog y me agradaría que conocieras el mio:

http://amolosviernes.blogspot.com

ojalá y el interés pueda ser mutuo

Denise dijo...

Mjm... no, no la va a invitar, me parece a mí. Pero también se entiende el miedo, lo que imaginamos suele ser peor que lo real y sobre eso escondido en la cocina se fundamenta la parálisis.

Caro dijo...

Qué difícil! Si él se nutre de los caprichos probablemente no le tienda la mano, no la invite a pasar y tampoco la va a querer dejar ir.
Simplemente la va a querer tener ahí para seguir disfrutando de los caprichos.

:(

Sirena dijo...

Iconoclasta: ¿quién te dijo que no soy malévola? (bah, ¿a quién quiero engañar?)

Denise: ni idea...

Caro: Es probable que tengás razón...