25.12.07

Los museos cierran los días lunes

Tomo el metrobus, bajo en Reforma. Algunas bancas del paseo son obras de arte. De ellas, algunas además -como debe ser- son cómodas. Se exponen nacimientos (portales o pasitos) de todo tipo, la mayoría, demasiado kitsch para mi gusto.

Un lustrabotas tiene en su carrito una calcomanía que dice “No al gasolinazo”. Me le acerco y le pregunto de qué se trata eso. Dice que en en enero aumentan la gasolina... y eso encarece todo. “Mejor nos dieran un mentonazo de madre que el aumento de dos pesos que nos dan”. Me pregunta de dónde soy y cuando le digo, se reconforta. “Pensé que ustedes los jóvenes no se enteraban de nada pero ahora entiendo, usted no es de aquí”. No le tomo foto a él. Pienso en devolverme pero no lo hago.

Las rejas del bosque de Chapultepec muestran una exposición de fotografías ampliadas a gran formato. Son de Leo Matiz, colombiano radicado en México desde los años 40s. Fue reportero gráfico para la revista Así.

Sigo caminando despacio. Me acompaña sin saberlo, el vendedor de helados, quien se detiene algunas veces a mirar las fotos. Llego a la lámina que me hace llorar (pasará más de una vez en este día):

“perdí un hijo y a mi ojo izquierdo, el del enfoque y la visión. Haber perdido el ojo es una tragedia, incluso lo sería para un caballo. Mucho más para un fotógrafo. La fotografía es para mí una fatalidad y un bello destino. Perdí el sentido de la profundidad con la pérdida de mi ojo. Operando la cámara intuyo el enfoque. Es la presencia inconsciente del tercer ojo.

Antes sentía la impresión de la luz sobre la retina, ahora mi ojo es ciego (...) Los colores han ido de mi vida. Ahora todo es blanco y marfil. Tal vez esa penumbra sea un anticipo de la muerte.”

Más tarde, llegaría caminando a un zócalo echado a perder. Un museo móvil -aún no está en funcionamiento- y una pista de hielo artificial estropean la esperada sensación de pequeñez y ensombrecen la energía del lugar. Escucho a un organillero por primera vez y lloro por segunda vez. “Una moneda, la que sea joven, para que no se pierda la tradición” dice, mientras da vueltas torpemente al mecanismo, logrando una melodía arrítmica que conmueve de todas maneras.

Más lejos, ofrecen limpiar el aura con hierbas y maderas quemadas. Junto al Palacio de Bellas Artes una estatua humana muestra la mejor lección de mercadeo: es un cartero y a quien le da una moneda, le entrega una carta. Todos queremos recibir una carta, saber qué está escrito dentro de aquellos sobres, saber por qué a unos les da sobre amarillo y a otros les da sobres de colores.

En el metro, los vendedores de cds piratas cargan amplificadores para antojarnos con el material. El disco motivacional incluye frases como “¿qué pasaría joven, si llegaras a casa y encontraras a tu madre muerta?”. Y sube él, un joven fuerte y sano, a vender sospechosos objetos inservibles “estas son, estas son las lupas tipo lente... lupas tipo lente, lente tipo Quevedo, para la vista cansada o para leer letras chiquitas... lupas tipo lente, lentes tipo Quevedo, a sólo diez pesos, diez pesos nada más... lupas tipo lente, lentes tipo Quevedo...”. Nadie le compra. Nadie necesita un par de lupas redondas pegadas por el extremo superior.

Me equivoco de ruta. Bajo, doy vuelta y retomo el rumbo a la casa. Cambio de línea, tomo el metrobus y arrastro los pies cansados. He sobrevivido a mi día sola en la ciudad. No me ha comido este planeta extraño y hermoso.





2 comentarios:

Gran Fornicador dijo...

And I walk the streets, In the madhouse asylum they can be.
Esa es mi ciudad. Que gusto saberte ahí, Sirena.

Beto dijo...

México D.F. es un universo alternativo, y es quizás el país más surrealista de todo Latinoamérica. Ojalá que más bien te alcance el tiempo para absorber cada calle, cada pesero, cada tianguis, cada taquería callejera (que muchas veces son mejores). Saludos y buena suerte.