19.12.07

viceversa

Mientras escuchaba hablar a un amigo, se me ocurrió que nuestras vidas bien pueden ser como un carrusel. Los carruseles tienen un número limitado de espacios donde sentar personas. Por eso, cuando una persona ya no quiere viajar, hay que detenerse y dejarla bajar. A otras, aunque quieran seguir dando vueltas, hay que pedirles que se bajen.

Él no ha dejado a nadie bajarse de su carrusel y entonces los nuevos pasajeros deben sentarse unos encima de otros. Aquello, se convierte en un colocho y el que maneja el carrusel no sabe distinguir quién es quién entre tanto fantasma y revoltijo.

Si pienso en mi carrusel, creo que todos merecemos un caballito exclusivo por el tiempo que dure el viaje. Eso no quiere decir que el carrusel deba ir sin otros pasajeros, al menos no en el que me invitaron a subirme. Eso sí, yo sueño que el caballito en el que voy es el más lindo de todos, el más acolchonado, el que tiene mejor vista, porque así es el caballito que hay en mi carrusel para ese que en el mío es pasajero y que me lleva pasajera en el suyo. La diferencia es que a mí me gusta viajar liviana. Si gustos no hubiera, en las tiendas no se vendiera.

En fin, la moraleja es que cada cierto tiempo hay que detenerse, desempolvar, aceitar el mecanismo, hacer espacio y cerrar heridas. El hubiera no existe y arrepentirse es la peor manera de vivir.



Imágenes:
Caballitos
Carrusel

1 comentario:

nea dijo...

Sirena, Que lindo! Ya voy a comenzar a echar gente de mi carrusel, y acomodar bien a los que van conmigo para que se sientan cómodos.