9.1.08

Si no creyera en la locura...

Parte de lo maravilloso de este viaje, se debe a ser una sirena. Por alguna extraña razón, los únicos amigos blogueros que no están en mi país, son de México. Algo debe significar eso ¿no? México, si yo no fuera Sirena, hubiera sido una aventura completamente distinta. No vine a conocerlos, vine a visitarlos, que no es lo mismo.

Al primero que visité fue a quien está detrás de Nuez. No fuimos NuEz y Sirena cuando nos abrazamos en la entrada del Museo de Antropología, por primera vez, sin letras y con los brazos. Tampoco éramos Sirena y NuEz cuando comimos quesadillas en el centro, ni cuando fuimos por un tequila a encontrarnos con los fantasmas de José Alfredo y Pedro Infante. Nos tocó, ser nosotros, sin cola de pescado y sin BellaCo. Nos tocó -en este caso sí- contarnos cómo somos cuando no estamos jugando en el messenger, y nos tocó hablar de cosas cotidianas pero nunca aburridas.

Caminamos por las calles del plaNeta mágico que es el D.F. como dos amigos de mundos diferentes y a la vez, sencillamente los mismos. Y soñamos, que va a ir de visita a Costa Rica para que vayamos a bailar a Karymar y para que se lance al vacío entre los árboles.

A Tirso, tuve que ir a buscarlo a las lejanas tierras yucatecas. Después de todo... ¿qué otra cosa mejor tenía para hacer que ir a darle un abrazo? Pensaba que si tenía suerte, iba a dejarle algunas sonrisas y unos nuevos zapatos. Creo que así fue. Valió la pena el viaje en autobús, conociendo tierras que de otra manera, no habría visitado.

Tirso y yo nos debíamos algunas historias que por escrito no quisimos decir. No tenía que contarme cómo es ni quién es, eso yo ya lo sabía y todo era casi igual a lo que había construido en mi mente, a excepción de su sentido del humor maravilloso y cínico: Tirso es el alma de las fiestas, aunque lo niegue. Ahora mismo pienso que no se le puede pedir tanto a la vida. Una cosa es encontrar tesoros, y otra es además, pedir que esos tesoros estén cerca del lugar donde nacimos. Toca moverse, de eso se trata.

Y también encontré "la casa" en mi compañera Livi. Más de 6 horas de paseo significan que nos caímos bastante bien ¿no? Nos sentamos en una banca del jardín del Convento del Carmen a contarnos algunas historias de nuestras vidas... y a quejarnos de los cobardes... a tratar de imaginar cómo cambiar algo de este mundo. Visitamos Tlatelolco y sin querer, recordamos el miedo, la sangre y la tragedia... fue entonces cuando sentí claramente que algún día, más temprano que tarde, mi compañera Livi y yo estaremos trabajando juntas en esas cosas políticas que dan una parte de sentido a nuestras vidas... Y yo, trataré de arrastrar a Tirso en el camino... porque tanto cinismo debe servir para algo... Y después, comimos y caminamos, tomamos café y conversamos más, más y más hasta que cayó la noche.

Y en esta lista de encuentros dulces siempre faltará alguien a quien quería darle un abrazo del que hoy, quedan sólo cenizas. En alguna esquina de mi viaje, perdí a un amigo. Fracasé en mi intento de burlarme de las fronteras y de brincarme los obstáculos del destino. Es una gran derrota a eso que llamo descuidadamente la posmodernidad. De tres bienvenidas, una sola despedida no es tan mala cifra ¿no? Ya dejará de doler ¿verdad?

1 comentario:

Humo en tus ojos dijo...

NO, no podría doler para siempre
Abrazote, para pronto!