9.1.08

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Voy a extrañarlo todo, excepto dormir junto a un calentador que ha dejado mis manos como esponjas de restregar sartenes.

Tampoco extrañaré los Sanborns, maldita plaga de tiendas-restaurantes donde todos los mexicanos dejan sus pesos para justificar usar el sanitario y muchos otros dejan muchísimos pesos a cambio de una pésima comida. Para piores, Sanborns es de Carlos Slim, como lo es casi todo México.

Voy a extrañarlo todo, excepto la angustia que se siente al usar el teléfono celular. Las conversaciones se convierten en telegramas de mal gusto y el teléfono al colgar te indica que "tu amigo" se está quedando limpio... sin crédito para llamar de nuevo. "Mi amigo" en realidad es mi plan enemigo de Telcel, o plan asaltante mejor dicho, que me roba al llamar, me roba si me llaman, me roba si no gasto el saldo en el tiempo válido, me roba a la salida, a la entrada, si llamo a cobrar, si me llaman a cobrar, si estoy fuera del D.F. y si consulto mi saldo.

Voy a extrañarlo todo, excepto esta casa que alquiló mi hermano, donde es imposible cocinar (o sea vivir por más de unas semanas) y hay un invierno de 12 grados eternamente.

Ya estoy empacando mis maletas, valorando si las calaveritas, los collares, las fajas, las cerámicas, los alebrijes, las marionetas de cantinflas, los muñecos de las luchas, los libros de Bukowski, los discos piratas, las películas del Santo, las botellas de salsa Valentina, las ediciones de El Chamuco, la ropa nueva, las sandalias de cuero, los chocolates de Oaxaca, el mole negro y la nostalgia, caben en las maletas.

La nostalgia no cabe. Quiero llevarme el metro en una cajita, para escuchar cuando quiera a los vendedores. Quiero llevarme el Zócalo para que todos los días ocurran cosas nuevas, como ocurren en todos los parques de esta ciudad y tal vez, de todo el país. Quiero llevarme al comediante de Mérida, la sopa de lima, las quesadillas con nopales, las tazas de chocolate con leche, las papas tostadas con salsa valentina, los domingos en las luchas, las librerías y algún par de colochos. Quiero llevarme las bancas de Reforma, los museos y los mimos que "limpian" parabrisas. Es imposible.

Tal vez con los días, San José deje de parecerme la ciudad más aburrida del mundo. Ahora mismo, sólo puedo preguntarme ¿por qué voy a regresar? Y me respondo que regreso, porque ahí está mi gente y porque aún no estoy lista para quedarme.

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