3.12.08

A ese que nunca mintió

Así como vos te quedás mirando el techo justo antes de dormir o decidís dejarte una sola imagen en la mente para construir un sueño alrededor de ella; algunas noches, te aparecés en mi cama y me hacés dar mil vueltas, como si quisieras incomodarme, hacerme pagar alguna deuda o simplemente, lograr que no te olvide.

Entonces, en esas noches, me entra el valor de ir a buscarte. Me digo que tengo todo el derecho de pedirte una explicación. Me imagino llegando a buscarte y encontrándome con tu cara de terror (y ¿por qué no? también de odio).

Si decidís hablarme, imagino que me decís algunas cosas que no revelaré aquí (porque imagino tan bien qué me dirías, que siento que ya no debo traicionarte más de lo que lo he hecho).

Si decidís no atenderme, imagino que te dejo los dos objetos que me entregaste. La carta no, porque esa tiene algunas hojas en blanco al final y me dijiste que podía escribir en ellas lo que quisiera.

Un día, cuando me atreva a ir a buscarte y pasemos esas hojas feas o bonitas de nuestro libro, voy a escribir en esas páginas en blanco todo lo que te faltó por decir o a mí me faltó escuchar. Y si no me atrevo a ir a verte, tal vez queme la carta para intentar arrancarte de mi historia.

En todo caso, mi pesimismo me hizo escribirte hace años una premonición. Un día, vas a mirar el Corazón Desubicado colgando de tu pared y alguien te preguntará de qué se trata. No le vas a explicar pero en el fondo, lo sabrás y esa misma noche, no vas a poder dormir y mirarás las telarañas del techo.

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