15.3.09

De la etiqueta trasnochada que aplico a mi ciberexistencia


Ya se sabe que tengo una relación extraña con las palabras. Sin embargo, poco he hablado (porque poco he pensado) sobre la relación entre las palabras y estos espacios que gracias a haber nacido en el año en que nací, he podido disfrutar y donde he podido ampliar las fronteras de lo que soy: el espacio virtual.

Es bastante complicado. En mi cabeza todo cuadra, pero desde afuera ¿cómo se ve?

Por ejemplo, desde que fui a Costa Rica en diciembre pasado, no envío reportes a mis amigos. No les escribo porque no me contestan (a excepción de la Humo, quien escribe igualito que si estuviéramos sentadas en el balcón, tomando café una tarde de domingo).

El problema es más complejo que escribir o no escribir. Las palabras, la Internet y estos espacios son tan importantes para mí, que me cuesta aceptar que a la gente no le guste escribir. No puedo aceptar que mis amigos no saquen tiempo para respirarse la vida profundamente. Me duele que no me escriban. Por eso no les he escrito más.

El punto más grave, es que en mi concepción del mundo, un correo sin respuesta es como si me colgaran el teléfono o me dejaran plantada.

Algo similar me pasa con el blog. No puedo entender que alguien que sabe que este lugar existe, no quiera venir a leerlo. No es que todos deban o quieran enterarse de mi vida y cómo la veo, pero si alguien dice que quiere conocerme ¿por qué no se hace fácil la vida y lee quién soy? Lo mismo pasa con mis amigos. Si se preguntan cómo estoy, no habrá mejor lugar para saberlo (así, en bruto, como aparece aquí) que leyéndolo aquí. Y sin embargo, no vienen.

Eso, lo interpreto como desinterés o como si quisieran quedarse sólo conociendo mi superficie. En esencia, tal vez no les caigo tan bien como quieren creer.

Y con el chat... complicado. Cuando hablo con alguien, sobre todo alguien a quien quiero mucho o me interesa mucho, lo más usual es que le dé toda mi atención a la conversación. De la misma manera en la que no salgo a almorzar con una amiga y estoy al pendiente del teléfono, de la televisión dentro del restaurante, de las personas que pasan, o de la cita que tendré más tarde; así, cuando estoy en el chat con alguien, no miro a nadie más. Es probable que esto no siempre se cumpla en horas laborales, pero en las noches, o en días de descanso, así será.

Tal vez alguien que lee recordará que muchas veces prefiero cortar la conversación si están con muchas ventanas abiertas al mismo tiempo. Si pudiera, pediría cita exclusiva, como si nos viéramos en una esquina y nos fuéramos a un bar.

Y cuando me pasa (creo que una o dos veces en la vida) que me equivoco de ventana y escribo algo a la persona equivocada, me siento pésimo. Lo considero una falta de respeto total.

Y cuando le pasa a alguien conmigo, a alguien que quiero... a alguien a quien le doy toda mi atención y para quien cierro todas las ventanas, espanto a todos los mosquitos, pongo la mejor música de fondo y casi, casi, me visto especialmente para la ocasión... el sentimiento es horrible. No hay peor cosa que sentirme parte de una masa indiferenciada de direcciones de correo electrónico.

En mi compleja cabecita, estar conversando en el chat y equivocarse de ventana es como estar en el cine con alguien que de pronto sale y cuando regresa en medio de la oscuridad, se equivoca de asiento y sigue hablando como si nada pasara. Mientras tanto, dos filas más atrás, una mira que en realidad, se es sólamente una ventana más y que nada diferencia unas letras de las otras.

Por eso, casi nunca doy mi contacto del chat. Así como no puedo tener un millón de amigos para darles mi atención, no puedo tener un millón de direcciones de correo para hablarles a medias o no darles el lugar que se merecen.

¡Qué complicado!

2 comentarios:

Humo en tus ojos dijo...

Tal vez es porque no todos han estado viendo las cosas desde este otro lugar, entonces no es posible entender desde afuera que viniendo aquí, hay cosas que tienen completo sentido. Es como poderse mover por los dos lados del espejo. Todos podrían, pero no todos quieren y no se les puede obligar.

Amalthea dijo...

Te doy toda la razón..