21.3.09

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Una vez, hice una promesa con alguien que después (o durante) me clavó la peor puñalada de mi historia; puñalada que en un momento creí que era mortal. Fue la peor trampa en la que yo haya caído en la vida. La promesa decía que si uno de los dos se rendía, el otro debía insistir. Entonces, cuando todo fallaba, cuando yo ya no soportaba más, él insistía. Y yo cumplía la otra promesa que habíamos hecho, esa de que siempre cuidaríamos uno del otro.

Cuando empezó el silencio, yo cumplí la promesa, e insistí. Y yo quería, juro que trataba con todas mis fuerzas de callarme, pero no podía. Pensaba que no podía guardarme las palabras, porque tal vez podían decir algo que lo trajera hasta mi orilla. Como no funcionaba, me convencía de que era posible lanzarle un cable a tierra, que lo llevara a cualquier orilla, a la que fuera con tal que no se ahogara. Después de un tiempo, me tocó descubrir que por detrás del silencio, se escondía un monstruo que voló sobre mí y me roció mi esencia con napalm.

En una historia anterior, cuando llegó el final, fue una de esas ocasiones en las que confirmamos que nunca conocemos mejor a la persona con la que hemos compartido la vida (una parte de ella), que cuando nos toca decir adiós. Se confirmó la regla para bien. Él siempre fue y será, una de las mejores personas que la vida me ha puesto en el camino. Y nunca hubo silencio.

Recuerdo que en uno de esos momentos en los que pensaba que el dolor acabaría por ahogarme, le pedí que repitiera una a una sus razones para irse. Y lo hizo. Y contestó cuanta pregunta necia le hice. Y contestaba con tanto respeto, con tan profundo dolor también, que en sus palabras recibí el material que después usé para reconstruirme, para salir a respirar, para despertar un día y sentir que había logrado sobrevivir a eso que se parece a cuando una mujer mira cómo le queman su casa, se llevan a sus hijos a la guerra y le desdibujan en un minuto el futuro.

También es el silencio lo que pesó cuando se acabó una amistad, sin que me dieran razones para tapar los agujeros. Es el silencio el que como un látigo, se lanzó contra mis ilusiones, ésas que pensaban que las fronteras no existían, que las distancias se vencían con un pasaje de avión, que nada sustituye a un abrazo que no esté hecho de letras.

Yo no sé hacer silencio. Le tengo terror. Como si fuera la oscuridad que asusta a las niñas pequeñas, como si fuera la puerta abierta a todos los fantasmas. Y sin embargo, voy a tratar de conocerlo.

Dicen que es confrontándolos, como se vencen los miedos.

Dicen que hay curas de silencio.

Ayuno desde hoy.



Tal vez se equivocaba Atahualpa Yupanqui cuando cantaba "le tengo rabia al silencio, por lo mucho que perdí... que no se quede callado quien quiera vivir feliz".

4 comentarios:

Solentiname dijo...

yo creo que nunca hay silencios absolutos, porque al final, uno sigue con un escándalo por dentro. Pero dfinitivamente, coincido que de las cosas más cobardes es eso de no darle a la otra persona la oportunidad de saber porqué uno se va. Es cruel.

Claudia dijo...

el gesto de quedarse para responder preguntas, es un acto de amor que nos devuelve sutilmente el principio de la soga para empezar a salir.. el otro día leí algo que me ayudó a comprender:
"Todas las penas son soportables si las convertimos en un relato"
Te mando un abrazo grande
Yo que todavía tengo unos relatos hechos nudos

Panda en la bañera... dijo...

el silencio es sólo una disposición mental, es una desición de no escuchar, porque incluso aquel que no habla está diciendo todo y de una forma muy terrible. Tú sabes que a mi me han cobrado con silencio indiferente errores que no sólo son mios...sólo hay que traducir esos silencios.

Sirena de mentiras dijo...

Sole: es de las cosas más cobardes y crueles. Pero ¿qué hacer ante el silencio? Insistirle a un muro, sólo consigue demostrar una y otra vez lo duro que es. Para alimentar egos ya no estamos...

Clau: Así es, querida amiga. Por eso yo decía que escribiéramos relatos.
Me gustó mucho lo de la soga, pero no, no me dieron soga, quisieron amarrarme una piedra en los pies. Pero no me dejé.

Panda: traducir los silencios. En eso estoy pero sabemos, que la mente nos juega mal muchas veces y nos hace trampas. ¿Cómo traduzco? ¿Cómo estar segura de lo que interpreto? Por eso, creo que es mejor remitirse a los hechos, más allá de interpretar los silencios. Mirándolo así, todo pasó como debía pasar.