23.11.10

Update

Un día, le dije que era capaz de subirme a un bus para ir a verlo. Él no dijo nada. Entonces decidí cerrar la ventana, la puerta y la energía.  Soy excelente en eso. No sé cómo lo hago, pero puedo cerrarle el flujo a alguien con la firmeza de quien cierra una hermética puerta de hierro con candados y cortinas metálicas. Así lo hice y ¿saben qué? No pasó nada. Ni siquiera dolió. Habiendo vivido las historias que he escrito, ya me es bastante simple separarme de alguien que en realidad, jamás estuvo. Las distancias físicas se pueden superar, pero no las distancias simbólicas del miedo, la negligencia e incluso, la pereza. ¡Qué pereza, qué cansado estar pensando en alguien que está a unos cientos de kilómetros! ¡Qué pereza comprometerme a cruzar una frontera, o dos, o tres! Al Sol le daba pereza y a mí, me desesperan los pendejos que no quieren comerse el mundo (tema trillado, pero sigo pensando igual).

Entonces, cuando dejé de estar cegada por el Sol (o sea, cuando dejé de sentirme acompañada por unas letras que aparecían en la pantalla de vez en cuando), me decidí a salir, a dejar por un rato la computadora. Y a esas salidas, alguien me acompañaba. Y ya no tengo ganas de escribir (ahora mismo, no es que vaya a dejarlo). Las letras ahora son un accesorio cuando faltan abrazos. Y casi a todas horas, tenemos abrazos.

1 comentario:

kleptØ dijo...

¡Disfruta esos abrazos!

Un secreto, uno puede abandonar las letras, pero las letras nunca le abandonan a uno... por experiencia.

ñ_ñ