23.11.12

Un recadito


Cuando pase esta anticipada crisis de los 40, no gastés las yemas de tus dedos en escribirme.

Y que te ayude Freud con todo y su barba, porque yo no lo haré.


16.11.12

Nadando en el mismo mar (Heráclito se equivocaba)

Aquí poco ha cambiado. Por mucho que pasa el tiempo (y es realmente mucho), la interfaz de Blogger es lo más cambiante de todo. Lo demás, sigue siendo igual.

¿Igual cómo? Pues no sé. Tengo una especie de diario de "mi primer amor". Bueno, no se trata del gringo sin gracia con el que me di mi primer beso (sería más preciso decir, el primero que me babeó la boca y las mejillas); el diario trata de algunas cosas que sucedieron en determinado año de mi vida (¿serían los quince?) y en alguna parte aparece él, el gringo sin gracia.

No era tan sin gracia. Tampoco fue mi primer amor. Ya conté quién sabe en cuál post de este blog, que mi primer amor fue frustrado por las burlas de mi padre. Al menos, así interpreté yo esa jodedera con: "car'e banano le abre la puerta de la clase", "¡Ay, le gusta car'e banano!". Sí, mi papá tenía la costumbre de ponerle apodos a mis "novios" o amigos especiales. Ésa es su manera de tramitar la angustia del "este tipo se va a coger a mi hija". Digo yo, no sé. El caso es que mi primer amor -en la primaria- fue frustrado y de ahí yo aprendí que la atracción por alguien había que esconderla. De ahí, que el gringo sin gracia tampoco fuera mi segundo amor: mi verdadero amor de adolescencia jamás lo confesé y quién sabe si estaría dispuesta a hacerlo si él me lo preguntara. El gringo sin gracia sólo me sirvió para intentar un primer beso porque ya la presión era demasiada y lo que me quedaba era hacerme monja. Y no era tan sin gracia cuando tocaba la guitarra, porque venía de una familia hippie interesante, pero era un baboso que no sabía besar. Muchos años después comprobé que jamás aprendió a besar. Y punto.

El caso es que tenía yo un diario. Los niveles de drama de ese diario no se comparan con los niveles que pueden leer en este blog. Ufff. De-ma-sia-do. Todo era gravísimo, todo era trascendental. La vida estaba llena de soledad, rechazo (imaginario) y mi sentimiento de insignificancia.

Ahhh los blogs. ¿No empecé diciendo que nada había cambiado? Y miren no más todo lo que ha cambiado. El drama sigue aquí pero en dosis manejables. La soledad es un manjar que saboreo. ¿Rechazo? Es posible, pero mi amargurita inside me permite jactarme de que así soy y que me vale mierda si les caigo bien o mal. ¿Mecanismo de defensa? Puede ser, pero es infalible; jamás me hace dudar. ¿Insignificancia? Nel pastel.

Entonces no todo sigue igual. ¿Qué es lo que sí?