17.2.09

Las llaves de mi puerta

Tal vez, de ahí provenga mi particular relación con las palabras. Aprendí de una manera imborrable, que el no poder hablar y el no poder escribir, equivalían a estar en peligro de muerte.

Era el día del padre, yo tenía tres años (muchos de mis recuerdos los ubico a esa edad. Parece que nunca tuve dos, ni cinco, sino tres y después salto a los ocho). Mi hermano mayor se había quitado los zapatos y patinaba felizmente, resbalando en las medias* en la zona del comedor.

Seguramente yo lo admiraba. Era mi hermano mayor y se movía en el mundo mucho mejor que yo (con los años, la sensación de movimiento fue cambiando y me atrevo a decir, que él sigue patinando en medias en la casa de la infancia), pero en aquel momento, para ser tan "carga" como mi hermano, lo mejor era que yo me quitara los zapatos y lo imitara.

Supongo que por unos minutos la pasé bien. Después lo que recuerdo son borbotones de sangre en la cocina y mi mamá diciendo "Juan, Juan, se va a desangrar". Patinar en medias casi siempre trae consigo, resbalones. Y en este caso, el resbalón me dejó caer dos gradas abajo con los dientes partiéndome la lengua.

Ya dije que era día del padre. ¿Cuántos médicos trabajaban, en los tiempos de bonanza, un día del padre en el Hospital de Niños? Pocos. ¿Cuántos de ellos, especialistas en cirugías delicadas? Uno, que iba de paso y se dirigía a la salida. Tal vez esa fue la primera vez que ocurrió uno de esos actos psicomágicos que han ocurrido en mi vida. La suerte, a veces me acompaña y en este caso hizo que por ejemplo, la esposa del médico que va saliendo del hospital, fuera la señora que había chocado su carro contra el de mi papá, hacía apenas unos días. La suerte hizo que mi papá se comportara con la señora como todo un caballero y que entonces ella, le debiera un gran favor. Tan grande como salvarle las palabras a su hija.

(En este punto empiezo a sospechar que esta historia ya la conté, pero no la encuentro por ninguna parte).

Siete puntadas en mi lengua eran un 90% de ella. El doctor no sabía si iba a poder hablar bien o si repetiría las sílabas en eso que llamamos tartamudear (una palabra que me parece espantosa, por cierto). El punto es que sí, sí pude hablar y no tartamudeo.

Pero ese es el final feliz y aún no he llegado. A los tres años, sin saber escribir y sin poder hablar, lo único que puede aparecer es un exceso de frustración y de dolor. Los poderes que yo atribuía a mi mamá se desvanecieron por completo. ¿Cómo era posible que ella, mami, no pudiera saber lo que yo quería? ¿Cómo era posible, que el mundo siguiera su curso, la gente siguiera conversando, mientras yo estaba fuera de todo, en una marginalidad absoluta?

Sí, tal vez de ahí venga mi fijación con las palabras. Tal vez por eso, escribo tantas y leo tantas otras. Tal vez por eso, me gustan las tildes y las comas. Jamás aprendí a patinar.

Tal vez por eso mismo, siempre he querido una cajita de palabras.



* medias= calcetines

4 comentarios:

Panda en la bañera... dijo...

Las "Tarta-mudas" son unos pastelitos muuuy callados...
JOJOJOJO
Que bueno que tu lengua no sufrió daños irreparables. ¿Qué sería de nuestros cafés?

Un abrazote.

Sakura Ai dijo...

Me alegra que tu lengua no haya quedado dañad! Y comprendo y comparto lo que dices sobre no poder hablar y no poder escribir. Además quería agradecerte el comentario que dejaste en mi blog. =D

PD: Hace tiempo que te leo, pero creo que he opinado sólo una vez. Honestamente no sé porque, pero supongo que es porque leerte me hace notar que me falta mucho en lo que de escribir se trata. =P

10.21 dijo...

me gustó mucho la historia. gracias.

Ana dijo...

No creo que esté, no la sabía y podría asegurar que si algo que esté aquí me suena familiar lo recordaré.

Cajitas de palabras.... (dejo el pensamiento flotando)