28.8.13

Rojo II: Los videojuegos

Papi llegó a casa con un aparato nuevo: un Coleco. Consistía en un chunchito con perillas y una pequeña pantalla donde rayitas simbolizaban goles. O algo así. Me valió gorro.

Poco tiempo después, llegó la Commodore 64. Meter un disco, dejarlo cargar. Sacarlo para meter otro disco. Esperar. Bruce Lee hecho con groseros pixeles saltando de un lado a otro, pateando, saltando otra vez. LO MÁXIMO. Únicamente superado por el bartender que lanzaba jarras de cerveza para que las atajara. En ese entonces, yo iba por buen camino.

Pero mataron el joystick. 

La gente empezó a jugar con consolas y controles de botones pequeños. También con el teclado. Jamás lo superé. Sigo pensando que el joystick es el mejor instrumento para un videojuego, aunque algún enfermo depravado le haya dado su forma fálica y le llamara precisamente joystick. Todo mal. Un invento condenado al olvido. [Yo no te olvido, joystick].

Y bueno, cuando aparecieron los juegos con perspectiva de primera persona el abismo entre los videojuegos y yo se convirtió en algo insuperable. Dejé de entender y sobre todo, empecé a desarrollar toda una serie de prejuicios sobre las personas que ocupan su tiempo en jugar. ¿Por qué? Ni idea. ¿Qué diferencia hay entre jugar fútbol 5 todas las noches y sentarse con Call of Duty? Que no sea el sedentarismo o la violencia, ninguna. Pero mis prejucios poco tenían que ver con los temas del juego. Yo despreciaba el hecho en sí.

Muchos años después de sentir que los domingos, vos preferías pasar la tarde volando bala que conmigo, aprendí a respetar los videojuegos. La sensación frustrante que me atacaba al verte jugar desapareció con cada hora que pasé mirándolo a él jugar Assassin's Creed o con las demasiado-pocas-horas que intenté (sin éxito) no caerme jugando Lego Lord of The Rings.

Sigo sin entender la perspectiva, cómo saltar en diagonal y cómo la industria sepultó algo como el joystick, pero dejé de mortificarme.



No hay comentarios.: