30.11.16

Intersección

He perdido la práctica. Llego varios intentos y no logro expresar nada.

Todo tiene que ver con una casa. Quiero una casa. Pero ya no sueño con aquella casa de la infancia.

En este punto busco y busco algún post viejo en el que haya contado ya sobre mi casa de la infancia, sobre sus altísimas paredes, la madera, las ventanas enormes, el atardecer hermoso siempre frente al balcón, la absoluta maravilla de ver llover desde cualquier ventana, las vacas, los árboles de guayaba, mi árbol en el que me escondía algunas tardes. No encontré nada.

Tampoco encontré algo sobre esa otra casa, la imaginada. Existe en mi cabeza desde hace unos 15 años y está construida en terrazas (como la de mi infancia), tiene grandes ventanales y una enorme biblioteca cubriendo largas paredes. Y también tiene un deck, una hamaca, un río al fondo del terreno quebrado.

Y ahora quiero una casa. Pese a que es una pésima decisión financiera, quiero una casa. Quiero recuperar el cable a tierra que perdí hace más de media vida.

Y eso me pone en un cruce de caminos, porque querer una casa obliga a poder tener una casa, obliga a generar más dinero.


Por ahora, no estoy dispuesta a renunciar a la certeza de que es posible tenerlo todo. No estoy dispuesta a trabajar en algo que no me haga feliz al menos el 60% del tiempo, así que elegir la ruta será un tema delicado.


12.11.16

Vine de nuevo. Vine a mirarme en este espejo.

Mi último post es de hace tres años y me sorprende saber que vine a escribir por la misma razón. Pero esta vez no quiero mentirme ni escribir para alguien que no leerá.

Hace unos días estuve en un taller con un mae muy joven. Tenía esa actitud de creer saberse ya todas las claves para abrir todas las puertas de la vida ¿Quién sabe? Tal vez sea cierto. Tal vez por eso lo escribo con esa amargura. Tal vez me estoy poniendo vieja y empiezo a envidiar a "la juventud" que tiene la seguridad que nunca tuve.

El caso es que en uno de los ejercicios, el mae dibujó en la pizarra ese diagrama de la vida normal, esa que se espera que todos cumplamos al pie de la letra:

Nacer, ir a la primaria, ir a la secundaria, ir a la universidad, tener un trabajo estable, casarse, tener hijos...

Y luego preguntó que cuáles de esas decisiones las habíamos tomado porque en realidad queríamos y cuáles eran por obligación. La mayoría respondió que todas eran por obligación. Yo en cambio, quedé un poco asustada porque no había pensado jamás que nunca me he sentido obligada a nada (mucho menos, a los últimos dos pasos que escribí antes).

En mi primer año de colegio sufrí demasiado. Debo haber contado algo de eso aquí hace años. Lo que es relevante decir hoy es que me fui apenas terminé ese tortuoso ciclo, porque le dije a mis papás que me cambiaba de colegio y también les dije a cuál. Después, al salir de secundaria no pude graduarme con todos porque las matemáticas fueron mi obstáculo, pero eso sirvió para que dedicara algunos años a aprender foto, a aprender a cantar, a trabajar, a hacer mi psicoanálisis, hasta que decidí entrar a estudiar una carrera. Nadie me obligó a nada.

Tampoco fui obligada a trabajar. Obviamente, fui educada para no convertirme en un parásito, entonces podríamos decir que fui educada para obligarme a mí misma a hacer las cosas. Eso es clarísimo, pero no quita el sentido de libertad que llevo adentro.

El ¿problema? es que no haber sido obligada a nada también me hace sentir que hay puntos en los que no he decidido nada. Mis últimas decisiones fueron elegir mi primera carrera, el irme a vivir a México hace ya casi ocho años y empezar una empresa (de la cual TUVE que salirme, llevamos una). Todo lo demás, ha ocurrido frente a mí, ha sido un tren que pasó y se detuvo invitándome a subir y yo diciendo: "¿acaso tengo otro lugar a dónde ir en este momento?". Y todo ha salido bien, ha sido un viaje maravilloso en todos y cada uno de los vagones, pero ahora me pregunto si es sostenible, si esa es la forma en la que quiero vivir.

Vivir cambiando de tren es emocionante, pero implica que suban y bajen pasajeros. Nadie se queda, ni yo misma.


Foto: Strangers on a train, por jesuscm