7.12.16

Me caí del banco

Hace un año murió la abue. Hace un año decidió morirse, mejor dicho. Y hoy la he llorado. Me he llorado, mejor dicho. Tal parece que ya olvidé como escribir.

Apenas el sábado pasado me sentí la mujer más poderosa del mundo, por algo que podría parecer tonto: pagar un pequeño enganche para comprar un apartamento. Me sentí poderosa porque hace apenas un año hubiera sido incapaz de hacerlo, porque hace apenas dos años pensar en embarcarme en una deuda a treinta años me parecía una sentencia. Me sentí poderosa por no necesitar casarme para hacerlo, por imaginarme dónde iría el sofá rojo, el comedor, la lavadora.

"Vieras que revisé y no me sale el cálculo. Necesitaría un codeudor", escribió la tipa del banco esta tarde, como si fuéramos amigas, como si estuviera diciéndome que no están reparados mis zapatos. Solo le faltó decirme que me falta un marido.

Y sé que es solo una batalla, que puedo intentar algunas cosas (al menos eso creo), pero descubrir que el no estar psicológicamente preparada para comprar una casa no era el único obstáculo, definitivamente no me hace sentir como la mujer más poderosa del mundo.

Y entonces recuerdo a la abue. Sé que hubiera dicho que me prestaba algo, que no puedo rendirme fácilmente. Tal vez hasta hubiera ido a pelear al banco para gritar a los cuatro vientos que los requisitos para las mujeres no son los mismos que para los hombres. ¿Yo qué sé?

Ese es el problema. Yo no sé cómo hizo la abue para comprar sus casas de alquiler, para sacar adelante a cuatro hijos sola, para sacar dos carreras, para encontrar al amor de su vida a los 35 ni para seguirlo amando a pesar de todas sus traiciones. No sé como hizo para reinventarse a los ochenta, para no dejar de seguir luchando, incluso hasta con la vida, que no quería dejarla ir pero no le quedó más remedio.

¡Ay abue! Hoy sí que necesitaba tu café.









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