2.1.17

Tratamiento de nervio

La casa de mi imaginación es mediana. Tiene una biblioteca que se extiende por todas las paredes de una amplia sala con ventanales hasta el piso y muebles de madera repletos de almohadones. Los libros electrónicos no existían cuando la imaginé, igual que ahora aún no he leído ninguno.

Todo está en un solo salón: la cocina al fondo, la sala al lado izquierdo (en un desnivel), el comedor hacia la derecha. Más allá de los ventanales, hay una terraza/balcón que da hacia el fondo del terreno, donde hay un río que no se ve pero se intuye porque los árboles son tupidos y siempre verdes en su orilla. Arriba son las habitaciones, pero no las he imaginado nunca. La vida en esta casa ocurre en la sala, la cocina o en la terraza.

Está construida como la casa de mi infancia, en dos terrazas. El nivel de la calle es el que corresponde al segundo piso y a la cochera. El resto de la casa está en la parte de abajo.

Por supuesto hay un gato. No hay nada más. Supongo que somos el gato y yo, porque tampoco puedo verme pero asumo que soy la mirada.

No está la vaca lechera que alguna vez soñé tener, pero como la casa es en una zona similar a Coronado, seguro que la vaca está por alguna parte. La leche que ordeño todas las mañanas la dejo en un recipiente grande en el portón de afuera, para que los vecinos se lleven cuanta quieran.


Diseño: Atria


La casa del crédito bancario es bastante distinta -porque sí, otro banco dijo que no necesito un codeudor- pero es la que es real, posible a estas alturas de la montaña. Es un apartamento amplio si se le compara con las cajas de fósforos que venden ahora y tiene un pequeño patio donde cabrá un rosal, una hiedra en el muro y un ranchito pequeño con una mesa para que dos tomemos el café.

Está dentro de un condominio que tiene al fondo áreas verdes lo suficientemente amplias como para emocionarme la idea de sentarme ahí a leer, a trabajar o a ver a mi sobrino jugar sin temor a que algo malo le suceda. Esa es una de las razones más importantes para comprar en este lugar: que él se sienta seguro, que pueda hacer amigos en un barrio. También por eso valoré que la zona, aunque no sea la más agradable, es la mejor, porque se ubica cerca de su escuela y el que será su colegio.

Así son las cosas. Me fui de México porque mi sobrino iba a nacer y ahora mismo, en esta ciudad que me seduce y me pregunta en cada esquina por qué no vivo en ella, nuevamente mi sobrino aparece cada vez que trato de dimensionar lo que significa comprar una casa allá, en la pequeña aldea. Y no sé si eso está bien. Después de todo, no es mi hijo.

Vine a este viaje a despedirme de la idea de que esta ciudad sea la mía y sinceramente, no logro hacerlo.

Por cierto, en la casa que imagino mi sobrino no está.




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